HISTORIA DE LA SALUD MENTAL
Desde una perspectiva histórica, las enfermedades mentales se han encontrado constantemente en los límites de lo sobrenatural y lo científico (por ejemplo, en las culturas precolombinas, trepaban el cráneo para que los espíritus malignos que invadían al enfermo pudieran escapar.) lo que también ha contribuido a su tardía incorporación como problema de salud.
Las culturas más complejas atribuían la locura a los dioses, las más primitivas a los demonios o fuerzas naturales
Por consiguiente, el cuidado de los enfermos mentales se mantuvo en el ámbito doméstico y alejado del ámbito de la Salud Pública
Incluso se negaba la existencia de la enfermedad mental, la que sería un “mito” que han inventado los profesionales de la psiquiatría alentados por una sociedad que así encuentra soluciones fáciles a los complejos problemas del ser humano, etiquetando como enfermos mentales a aquellos considerados como pestes sociales.
Hasta la primera mitad del siglo XX la asistencia en salud mental estaba centrada en hospitales psiquiátricos, cuyo fin era principalmente mantener controladas a las personas internadas por considerarlas peligrosas para sí mismos o para terceros.
Este modelo alejaba a las personas afectadas del resto de la sociedad, generando aislamiento, discriminación, estigmatización y una pobre recuperación de la enfermedad. Fue fuertemente criticado, no solo por la pobre evidencia de mejoría que mostraba, sino también porque eran un espacio constante de violación de los Derechos Humanos de las personas que allí estaban. Esta forma de organizar los servicios en salud mental se llama modelo asilar.
A mediados del siglo XX comienzan a desarrollarse las clasificaciones trastornos mentales y manuales de diagnóstico. La sociedad empieza a rechazar los manicomios y los métodos agresivos como la lobotomía (cirugía en los lóbulos frontales del cerebro).
En la segunda mitad del siglo XX, al terminar la Segunda Guerra Mundial las críticas al modelo asilar comenzaron a hacerse más potentes.
Dos hechos fueron significativos en el cambio de rumbo de la asistencia psiquiátrica.
La guerra generó trastornos mentales en parte de la población anteriormente sana, como consecuencia lógica de un evento traumático como este. Las personas con enfermedades mentales, ya no solo eran unos extraños, con deficiencias mentales o con enfermedades severas. Esto generó una demanda de asistencia no asilar, que mantenga a las personas en la sociedad y que no genere estigmatización.
El desarrollo de la psicofarmacología, o el uso de medicamentos efectivos que por primera vez evidenciaban una clara mejoría en la calidad de vida de las personas que los utilizaban. En 1952 se comenzó el uso en pacientes de Clorpromazina, este neuroléptico permitió el control conductual de los pacientes perturbados, sin recurrir a medidas de contención física o aislamiento, acortó dramáticamente los plazos de recuperación e hizo posible en muchos casos la mantención a largo plazo de los logros terapéuticos una vez egresados los pacientes de las instituciones.
En la actualidad, la sociedad y la comunidad científica entiende que los trastornos o enfermedades mentales deben tratarse con medicación, aunque también con terapia. Así pues, uno de los objetivos del presente es acabar con la estigmatización que la historia ha ido acumulando al concepto de salud mental.
En la agenda de la Salud Pública contemporánea, la salud mental ocupa un lugar destacado, en gran medida como resultado de diversas estimaciones que pronostican su notable deterioro global en un futuro inmediato.
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